El herbario de mi madre: una historia que empieza en Salamanca
Una historia de plantas, recuerdos y una curiosidad que ha viajado de una generación a otra.
Hay objetos que sobreviven a las mudanzas, a las casas y a los años sin que nadie sepa muy bien por qué.
Una caja de fotografías. Una carta escrita a mano. Un libro que lleva décadas sin abrirse.
En nuestra familia hay uno especialmente curioso: un herbario.
Sus páginas guardan plantas recogidas hace muchos años. Hojas que alguna vez estuvieron verdes, pequeñas flores que perdieron su color y tallos que todavía conservan su forma. Todo reducido al espesor de una hoja de papel.
Pero esta historia no empieza con ese herbario. Empieza mucho antes, cuando esas plantas todavía crecían en el campo.
Salamanca, 1984
Mi madre estudiaba Farmacia en Salamanca. Era el curso 1983-1984 y, entre las asignaturas que estudiaba, había una que acabaría recordando de una manera especial: Botánica.
Parte de aquellas clases transcurría fuera de la universidad. Organizaban excursiones para buscar plantas, observarlas y aprender a reconocerlas.
Me gusta imaginar una de esas jornadas.
Un grupo de estudiantes camina por el campo con carpetas bajo el brazo. Se detienen de vez en cuando. Alguien se agacha para observar una pequeña planta que los demás habrían pasado por alto. Otro abre su cuaderno. Hay tierra en los zapatos y hojas que sobresalen entre las páginas.
No están buscando nada extraordinario. Precisamente están aprendiendo a encontrar interés en las cosas más corrientes.
Quizá esa fuera una de las lecciones más bonitas de aquella asignatura: descubrir que dos plantas aparentemente iguales pueden contar historias completamente distintas cuando uno aprende a mirar.
El borde de una hoja. La disposición de sus nervios. Una pequeña diferencia en el tallo.
De pronto, un paseo por el campo deja de ser solamente un paseo.
Un pequeño mundo entre papeles
Después llegaba otro trabajo, mucho más silencioso.
Las plantas recogidas debían conservarse. Extenderlas, colocarlas con cuidado, prensarlas y esperar.
Era una manera particular de estudiar la naturaleza. Para comprender algo vivo había que detenerlo, aplanarlo y guardarlo.
Con el tiempo, aquellos fragmentos vegetales acababan convertidos en un archivo. Cada página podía contener una planta entera o apenas una parte, acompañada de anotaciones que ayudaban a recordar lo aprendido.
Mi madre conservó un herbario de aquella etapa.
Es curioso pensar en lo que significa guardar algo así durante tantos años.
Una planta puede secarse en unas semanas. Sin embargo, cuarenta años después, su silueta sigue ahí. Lo que un día fue una sencilla excursión universitaria acaba convertido en un objeto que habla de juventud, aprendizaje y curiosidad.
Y, sin proponérselo, ese objeto termina contando algo de una familia.
Las curiosidades también se heredan
En una familia no todo lo que pasa de una generación a otra son objetos.
Se heredan maneras de cocinar, expresiones, pequeñas manías y formas de hacer las cosas. También se transmite cierta sensibilidad hacia aquello que merece nuestra atención.
Muchos años después de aquellas excursiones en Salamanca, en Cordovilla, Navarra, comenzaría otra historia hecha de curiosidad y experimentación.
La de Oro Nómada.
Un proyecto familiar de padre e hijo que fue creciendo entre pruebas, decisiones y muchas ganas de encontrar una manera propia de elaborar vermut.
Hay algo que me gusta especialmente de estas dos historias.
En una, una estudiante aprende a observar las plantas y conservarlas entre papeles. En la otra, una familia dedica tiempo a experimentar con botánicos, vino y diferentes procesos hasta desarrollar un producto propio.
Son momentos diferentes, separados por décadas. Y, sin embargo, al mirarlos juntos, aparece un hilo común: las ganas de descubrir qué puede esconderse detrás de algo aparentemente sencillo.
Nuestro Original, por ejemplo, reúne 33 botánicos y parte de Chardonnay de Navarra. Su elaboración incluye una maceración lenta y ocho meses de crianza en barrica de roble francés.
Es un trabajo que exige curiosidad, pruebas y paciencia.
Y quizá por eso aquel herbario me resulta hoy todavía más interesante que cuando era pequeño.
Volver a abrir el herbario
Este octubre hemos querido recuperar aquel recuerdo de Salamanca y transformarlo en una pequeña serie visual.
Hemos imaginado las excursiones, las páginas, los dibujos y las plantas. Algunas imágenes parecen fotografías encontradas; otras dejan que las formas vegetales se escapen del papel y entren en un mundo nuevo.
Es nuestra manera de volver sobre una historia familiar que merecía ser contada.
Hay algo emocionante en recuperar un objeto antiguo y descubrir que todavía puede inspirar cosas nuevas.
Me gusta pensar que aquellas excursiones de Botánica no terminaron realmente cuando acabó el curso.
Una parte de ellas permaneció guardada entre las páginas de un herbario. Otra quedó en la memoria de mi madre.
Y, de alguna manera, hoy vuelve a encontrar sitio en nuestra mesa.
Porque hay cosas que se guardan entre las páginas. Y otras que, sin darnos cuenta, llevamos con nosotros toda la vida.
El herbario y el recuerdo académico son reales. Las escenas evocadas y las imágenes de la serie son interpretaciones literarias y artísticas contemporáneas.